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Prólogo Dantesco.

I. Diez ideas fundamentales

Todo el presente tratado está guiado, tanto en la selección de los temas tratados, como en su presentación, desarrollo, ilustración, ejemplificación y crítica, por el siguiente decálogo, que constituye un ideario lingüístico (véase también Moreno Cabrera y Mendívil Giró 2014, capítulo 6):

  1. Todos los idiomas naturales hablados tienen una naturaleza lingüística idéntica y un grado similar de desarrollo y de posibilidades comunicativas y expresivas, independientemente de si las comunidades que los usan tienen tradición escrita o no o de si se conceptúan como modalidades individuales o colectivas, hablas, dialectos o lenguas propiamente dichas. Ello se deriva del hecho de que todas las modalidades lingüísticas, hablas, dialectos o lenguas naturales usadas espontáneamente son manifestaciones de la capacidad del lenguaje, que constituye una característica biológicamente sustentada de nuestra especie y que se manifiesta de modo material en la competencia lingüística individual.
  2. Las lenguas señadas son manifestaciones igualmente genuinas de la capacidad lingüística humana. El lenguaje humano se manifiesta, pues, en dos modalidades: la vocal y la gestual. Todas las lenguas señadas, como realizaciones de la capacidad lingüística humana, tienen también un grado similar de desarrollo y posibilidades para la comunicación y la expresión.
  3. Por tanto, las lenguas señadas deben ser objeto de la ciencia lingüística en la misma medida que las lenguas orales.
  4. Las lenguas naturales, tanto las habladas como las señadas, se pueden elaborar de muy diversas maneras complicándolas, simplificándolas o realizando sobre ellas cambios en uno u otro sentido.
  5. La mayoría o quizás todas las comunidades humanas elaboran sus lenguas naturales habladas o señadas con diversos fines (rituales, religiosos, mágicos, estéticos….).
  6. El resultado de la elaboración de las lenguas naturales es un tipo de lengua artificial, que denominamos lengua cultivada y que carece de algunas de las propiedades básicas de las lenguas naturales tales como las relativas a su adquisición natural por parte de los niños, sin ninguna acción educativa específica, a su uso automático e inconsciente por parte de quienes la utilizan o a su constante variabilidad y cambio adaptativos.
  7. Las lenguas naturales no son variantes empobrecidas, defectivas, vulgares o imperfectas de las que resultan de las elaboraciones que se hacen sobre su base, es decir, de las lenguas cultivadas, entre ellas, de las lenguas escritas.
  8. Las lenguas escritas son elaboraciones culturales de determinadas lenguas orales espontáneas. Son artificiales porque, como se enunció en el punto sexto, carecen de dos de las propiedades esenciales de las lenguas naturales: no se pueden aprender de forma espontánea, y desconocen la variación adaptativa espontánea, esencial para el desarrollo de las lenguas naturales. Las lenguas orales no son variaciones más o menos imperfectas o defectivas de las correspondientes lenguas escritas.
  9. Las lenguas escritas no suponen una mejora evolutiva de las lenguas naturales, sino todo lo contrario, dado que pierden características esenciales de ellas, que les aseguran su adaptabilidad y, por tanto, su supervivencia, tal como se ha razonado en los puntos anteriores.
  10. Las lenguas que solo se escriben no logran sobrevivir a largo plazo si no se acaban realizando oralmente o por señas.
  11. La lengua escrita no se puede tomar como modelo de descripción y estudio de la lengua oral natural.

Seguramente algunas personas se mostrarán parcial o totalmente de acuerdo con todas o con algunas de las afirmaciones de este decálogo; más que nada porque, en general, se consideran en la actualidad social o políticamente correctas. Sin embargo, más que simplemente repetir y entender unas ideas, lo que se va a hacer en este tratado es desarrollar esas ideas en una buena parte de su enorme potencial, contando, claro es, con las limitaciones e insuficiencias de quien esto escribe. Cuando se intenta hacer esto, entonces se llega fácilmente a conclusiones que pueden sorprender enormemente y no gratamente a quien creía estar de acuerdo con todos o algunos de los puntos del decálogo anterior.

Examinemos uno a uno esos puntos para hacer consciente a quien esto lee de que se van a poner en cuestión un conjunto no desdeñable de opiniones aparentemente bien establecidas científicamente y asentadas en la opinión general.

El punto primero del decálogo afirma que no hay diferencia lingüística alguna —sí la hay, evidentemente, social— entre hablas, dialectos y lenguas. Eso significa que la distinción lengua/dialecto tal como se concibe habitualmente no tiene justificación lingüística alguna. En realidad y en última instancia, tanto lengua como dialecto se utilizan para hacer referencia a un conjunto de hablas orales o señadas. Es claro que un conjunto de hablas no es un habla, igual que un conjunto de ovejas no es una oveja. Lo que podemos observar y registrar empíricamente son las hablas, no los dialectos o las lenguas; pero aunque éstas sean la fuente de los datos que se manejan en la lingüística, el fenómeno que se pretende describir no son esas hablas, sino las competencias lingüísticas de quienes las realizan. Por consiguiente, el objeto de la lingüística es la competencia lingüística, que no se puede observar directamente, sino solo a través de la actividad lingüística de las personas. Podemos identificar la competencia lingüística con la lengua como objeto de estudio de la lingüística. En este caso, en puridad, hay tantas lenguas como personas; de hecho, hay más idiomas que seres humanos porque en muchas comunidades no es inhabitual que una misma persona tenga dos o más competencias lingüísticas (activas y pasivas). Lo que sí podemos establecer es una serie de similitudes entre las competencias lingüísticas, que nos posibilitan agruparlas en conjuntos que podemos denominar dialectos, que, a su vez, se pueden agrupar por sus similitudes en otros conjuntos mayores que llamamos lenguas. Pero tanto dialecto como lengua son puras abstracciones teóricas clasificatorias que pueden ser útiles analíticamente, pero en ningún caso entidades autónomas que se manifiestan en hablas. Por eso no tiene justificación decir que una lengua se compone de dialectos en el sentido de que los dialectos son manifestaciones o realizaciones de las lenguas, como cuando se dice que los dialectos andaluces son dialectos del español, en el sentido de que son realizaciones, variantes o variedades de esta lengua. Solo podemos decir que los diversos conjuntos de hablas andaluzas, agrupados en dialectos andaluces tienen una serie de similitudes lingüísticas, cuya explicación es histórica, con otros conjuntos de hablas de otras partes de España, como Castilla o León, que nos permiten agruparlos en un conjunto mayor, denominado lengua española peninsular. Si seleccionamos esas similitudes y las bautizamos como lenguas cometeremos un error, porque el conjunto de esas similitudes no forma lengua alguna, sino en todo caso un esbozo de competencia lingüística (y, por tanto un esbozo de lengua en su sentido tradicional), con muchos lugares abiertos — los correspondientes a las diferencias entre las hablas y dialectos agrupados —, que en sí mismo no constituye una lengua completa ni utilizable, en sentido tradicional. Por eso, lo cierto es todo lo contrario de lo que se suele afirmar: no solo el dialecto o habla no es una realización imperfecta y parcial de una lengua, sino que ocurre lo contrario. Una lengua, en sentido tradicional, no es más que una especie de simulacro fantasmagórico, un remedo espectral de las competencias lingüísticas reales a partir de las cuales construimos ese concepto.

Por tanto, las lenguas, en el sentido tradicional, no se realizan en dialectos, ni se manifiestan en hablas; sencillamente porque son un conjunto más o menos homogéneo de entidades (las competencias lingüísticas) y no una entidad autónoma independiente. De forma análoga, sería absurdo decir que las ovejas concretas son manifestaciones o realizaciones más o menos imperfectas del rebaño que constituyen. Por supuesto, los zoólogos pueden agrupar en una especie todos los ejemplares de oveja observados por los rasgos que tienen en común y proponer una especie animal. Pero de ahí no se deduce necesariamente que cada oveja sea una realización más o menos perfecta de una entidad superior, que sería la única que propiamente podría denominarse como oveja, la especie en cuestión. Obsérvese que es muy frecuente oír que esta o aquella habla o dialecto no ha llegado a la categoría de lengua, que sería similar a decir que esta o aquella oveja particular no ha llegado a la especie de oveja.

La lengua como concepto social y político sí que consta de dialectos y hablas y ha de constituir uno de los objetos de estudio de la sociolingüística. Pero es importante subrayar que lengua desde este punto de vista no denota un objeto natural sino una entidad ideal culturalmente determinada (muchas culturas desconocen este concepto) que no puede ser el objeto de la lingüística teórica empírica, porque simplemente es una invención artificial y no una manifestación de la facultad biológicamente determinada del lenguaje humano. Solo la competencia lingüística de los individuos, que sirve de base para su habla espontánea coloquial es la manifestación genuina de esta facultad. En consecuencia, la lengua española (o la lengua inglesa, la lengua francesa, etc.…) solo existe como entidad ideal culturalmente elaborada y no como un objeto de estudio de la lingüística teórica.

El segundo y el tercer punto del catálogo tienen implicaciones absolutamente demoledoras para la lingüística teórica dominante en la actualidad. Todas las generalizaciones sobre el lenguaje humano que no tengan en cuenta las lenguas señadas están irremediablemente sesgadas por los datos de las lenguas orales y, en algunos aspectos, están seguramente parcial o totalmente equivocadas. Como resulta que la mayor parte de la lingüística actual se basa exclusivamente en las lenguas orales, es claro que hay que replantearse toda la disciplina prácticamente desde los fundamentos. Desde mediados del siglo pasado, se han empezado a estudiar científicamente las lenguas señadas; pero, comparado con el estudio intensivo y abrumadoramente mayoritario de las lenguas habladas, este ámbito está en una situación claramente deficitaria e insatisfactoria, por lo que habrá que esperar a que estos estudios se intensifiquen para poder llevar a cabo el replanteamiento sugerido.

Los puntos 4, 5 y 6 hacen referencia al hecho de que las lenguas naturales, tanto habladas como señadas, pueden ser sometidas a diversos procesos de elaboración con unos determinados fines. Estas elaboraciones, que a veces complican y a veces simplifican las lenguas naturales en las que se basan, dan lugar a unas lenguas o, si se quiere, a unas competencias lingüísticas que no son naturales (se obtienen mediante acciones educativas) y que, por tanto, no son manifestaciones netas de la facultad del lenguaje humano biológicamente determinada.

El punto 7 hace referencia al hecho de que las lenguas naturales sobre cuya elaboración cultural se crean las lenguas cultivadas no pasan por ello a ser una especie de versión empobrecida o imperfecta de esas lenguas cultivadas. De esta manera, cuando una persona aprende, a través de la instrucción y del estudio, una lengua cultivada basada en su lengua natural nativa, no empieza a usar espontáneamente su lengua nativa como una especie de realización imperfecta, degradada o descuidada de esa lengua cultivada aprendida, aunque sí puede empezar a verla así, ya que lo más probable es que se le haya inculcado esa idea en su instrucción y que los hablantes crean firmemente que su habla coloquial es incorrecta, imperfecta o descuidada y, lo que es más grave aún, que esa creencia interfiera con las habilidades lingüísticas derivadas de su competencia gramatical nativa, adquirida de modo espontáneo en la niñez, para distorsionar y desvirtuar sus resultados de forma más o menos intensa. Por tanto, no solo es falso que la lengua coloquial espontánea es una versión descuidada o imperfecta de la lengua cultivada basada en ella, sino que es verdadero que el aprendizaje artificial de esa lengua cultivada puede interferir de forma más o menos acusada en la realización de la competencia gramatical natural del individuo impidiéndole su puesta en práctica espontánea y natural y distorsionando y dificultando su actuación lingüística.

Los puntos 8, 9 y 10 del decálogo tienen que ver con la lengua escrita. Se afirma que las lenguas escritas, como lenguas cultivadas, no son lenguas naturales, sino artificiales que, por tanto, no se pueden aprender espontáneamente de modo automático e inadvertido, sino mediante instrucción específica dirigida, ni tampoco se pueden usar espontáneamente como tales lenguas escritas reglamentadas, sino con lentitud, empeño y esfuerzo y con unos resultados que serán evaluados la mayor parte de las veces como discretos, cuando no como insuficientes o incorrectos. La lengua espontánea natural se puede también poner por escrito, pero en este caso estamos ante la transcripción gráfica de una lengua natural y no ante una lengua cultivada. Se afirma, además, que las lenguas escritas no suponen una modificación o mejora evolutiva de las lenguas naturales orales o señadas: las lenguas escritas no son lenguas orales o señadas mejoradas o perfeccionadas ni cambian la naturaleza de éstas últimas. Por último y, a tenor de las ideas precedentes, se afirma que la lengua escrita no puede tomarse como modelo de descripción lingüística a partir del cual se pasa a estudiar la lengua hablada o señada natural. Esto supone también un replanteamiento radical de la lingüística actual que, dado que procede de una tradición filológica milenaria basada en la lengua escrita, mantiene muchos conceptos y métodos de análisis que provienen de esta tradición y que, por tanto, son claramente inadecuados para estudiar las lenguas naturales orales o señadas. Pongamos un ejemplo de esto. Sobre la base de la lengua escrita, los gramáticos han identificado unas unidades aparentemente autónomas como los artículos y preposiciones que, en efecto, se escriben separados de los nombres a los que afectan. Sin embargo, es más que evidente que estos elementos son siempre prefijos en la lengua oral espontánea y no elementos independientes. Por consiguiente, alguien puede razonar que al hablar espontáneamente, al poner supuestamente en práctica la lengua cultivada escrita, la expresión que consta de dos palabras la casa se realiza mediante una adjunción del artículo al sustantivo de modo que se obtiene una única unidad fónica como [lakása]. Por decirlo así, en el habla se une lo que en la escritura aparece separado. Pero este punto de vista es claramente falso. Lo único que podemos decir es que en la lengua cultivada escrita separamos intencionalmente las unidades identificadas como artículos de los nombres a que afectan en la lengua natural en la que se basa esa lengua escrita. Como la lengua natural no es una realización de la lengua escrita, no podemos decir que, por las prisas o el descuido de los hablantes, en la lengua oral espontánea unimos aquello que debe estar separado tal como se decreta en la ortografía. Algo similar puede decirse de las preposiciones. Esto cuestiona la idea de que los artículos y preposiciones son elementos autónomos; parecen comportarse más bien como prefijos gramaticales.

Es más que probable que algunas de las personas que estaban de acuerdo con algunos o todos los puntos del decálogo, disientan de forma más o menos contundente de las consecuencias que se acaban de extraer de esas ideas. Este tratado está concebido y escrito precisamente para justificar todas esas conclusiones utilizando los instrumentos conceptuales y analíticos que nos proporciona la lingüística teórica actual más avanzada y desarrollada y, ya se ha dicho antes, con las inevitables limitaciones e insuficiencias de quien lleva a cabo esta tarea.

II. Dante y la lingüística moderna

Cada uno de los cuatro capítulos que conforman los dos volúmenes de este tratado (La facultad del lenguaje, Universales del lenguaje, Las lenguas naturales y Las lenguas cultivadas) y algunas de las secciones están presentados por una cita de la obra de Dante Alighieri De vulgari eloquentia, obra escrita en torno a los años 1303-1304 (Gil Esteve y Rovira Soler 1997: 13). Esto no es casual, sino que se debe a que los postulados esenciales que han dado lugar a los enfoques presentados en este tratado, están basados en algunas de las ideas de la obra citada del gran poeta toscano. Estos postulados son los tres siguientes:

  • El objeto propio de la ciencia lingüística son las lenguas naturales que se adquieren en la infancia sin instrucción dirigida alguna.
  • Las lenguas naturales son inherentes variables, cambiantes y fluctuantes si bien comparten unos principios universales, que son los únicos elementos fijos que las caracterizan.
  • Las lenguas naturales pueden ser elaboradas de forma artificial para constituir unas variedades de ellas que denominados lenguas cultivadas y que carecen en mayor o menor medida de los dos rasgos fundamentales que definen las lenguas naturales: su carácter variable y su susceptibilidad de ser aprendidas naturalmente.

Cada uno de estos supuestos determina el contenido de los cuatro capítulos en los que están estructurados los dos volúmenes del presente tratado. Los dos primeros capítulos (La facultad del lenguaje y universales del lenguaje) se dedican al lenguaje humano desde un punto de vista natural, dentro de lo que constituye la disciplina que se viene llamando desde no hace mucho biolingüística. Se trata de un enfoque naturalista del lenguaje humano. Este enfoque tiene antecedentes tan antiguos como las investigaciones lingüísticas asociadas en la Antigüedad a la escuela de Pérgamo (Arens 1975: 37, Matthews 1994: 61) y a las polémicas entre analogistas y anomalistas. Los primeros hacían hincapié en el carácter convencional del lenguaje, mientras que los segundos, en los aspectos naturales no totalmente regulares, lógicos ni homogéneos de las lenguas. El tercer capítulo del tratado (que se encuentra en el volumen segundo) se dedica al estudio de la estructura y el desarrollo natural de las lenguas tanto en el espacio como en el tiempo. El cuarto capítulo del tratado (en el volumen segundo) se centra en las lenguas cultivadas: las que surgen de una serie de elaboraciones intencionadas de las lenguas naturales para conseguir unos fines determinados. Abandonamos el terreno de lo natural o espontáneo, para adentrarnos en el terreno de lo cultural e ideológico.

Examinemos brevemente la estructura del libro primero del tratado de Dante (se sigue la edición y los comentarios introductorios de Manuel Gil Esteve y Matilde Rovira Soler, Madrid, Palas Atenea 1997), que es en el que se exponen las ideas sobre el lenguaje humano y las lenguas naturales. Veremos dónde se enuncian las grandes ideas y propuestas que se siguen en este libro y también veremos cómo los condicionantes de la época (culturales, políticos y religiosos) influyen de modo determinante en muchos aspectos equivocados de su doctrina. Con ello se muestra que la influencia ideológica sobre la lingüística tiene una historia muy larga.
El capítulo I de De vulgari eloquentia se inicia con unas consideraciones relativas a la necesidad de escribir un tratado sobre la lengua vulgar, que es un aspecto universal y necesario de todas las comunidades humanas y sobre el objeto concreto del estudio que lleva a cabo.

I. Proemio

  1. Justificación de un tratado sobre la lengua vulgar.
  2. Distinción entre la lengua vulgar, la común y la lengua cultivada, que denomina gramática y que solo algunos llegan a dominar completamente.
  3. La lengua vulgar o común es la más natural y la que es objeto de investigación en el libro.

El segundo capítulo trata de la facultad del lenguaje humano y de su exclusividad frente a otros seres.

II. La Facultad del lenguaje

  1. La lengua natural es manifestación de una cualidad específicamente humana.
  2. La lengua natural es expresión de la cognición humana, de nuestros conceptos. Los seres sobrenaturales no precisan las formas de expresión humanas, por tanto, no necesitan lenguas naturales. Los animales tampoco presentan lengua natural. En todo caso, algunos animales pueden imitar el habla humana sin hablar verdaderamente.
  3. La facultad del lenguaje es exclusiva del ser humano.

En el tercer capítulo, Dante hace referencia al signo lingüístico y a sus dos vertientes: conceptual y material.

III. La doble articulación del lenguaje humano

  1. El ser humano necesita un signo material, sensitivo para expresar sus conceptos e ideas a través del que se pueda transmitir una señal. Por tanto, el lenguaje humano tiene dos aspectos: el racional o mental y el físico.
  2. El signo lingüístico es a la vez racional y físico y resulta de una unión de carácter arbitrario o convencional.

En los siguientes capítulos trata Dante del origen del lenguaje y de la primera lengua de la humanidad.

En el capítulo cuarto se trata de la primera persona que habló y de la primera palabra que utilizó. Aquí Dante sigue, según la ideología de su época, lo relatado en la Biblia tomado al pie de la letra. Ello le lleva a decir que pudiera ser que Eva pronunciara la primera palabra, pero luego afirma que en algo tan importante no podía haberle llevado la delantera la mujer al hombre, por lo que afirma que fue Adán quien primero habló. He aquí una buena muestra de cómo la ideología, en este caso la religiosa y la androcéntrica, dicta los resultados del estudio de un fenómeno determinado.

IV. El primer ser humano que habló

  1. Según las Escrituras, los primeros hablantes fueron Adán y Eva.
  2. La primera palabra que se pronunció fue Dios y la pronunció Adán antes que Eva.
  3. En el primer diálogo, Dios habló, pero sin utilizar lengua humana alguna, provocando ondas sonoras sin articular palabra alguna.

V. La primera conversación

  1. El ser humano habló inmediatamente una vez que le fue concedida por Dios la facultad del lenguaje. Además habló para alabar a Dios por haberle concedido el don del habla. El Paraíso podría haber sido el lugar donde se produjo ese primer acto de habla.

En el capítulo VI vemos enunciado el mito de la lengua perfecta originaria que se vio corrompida en el episodio de Babel. Este mito reaparece en la pretensión de crear estándares lingüísticos homogéneos, típicos de la sociedad europea occidental del siglo XVI y siguientes, que pretende restaurar esa perfección paradisíaca de una lengua homogénea a partir de la variación y cambio continuos de las hablas vulgares.

VI. El primer idioma

  1. Primero se habla del chovinismo lingüístico según el cual cada comunidad opina que su lengua es la mejor, la más fácil y la más cercana a la lengua del Paraíso.
  2. Dante afirma que Dios creó una forma de expresión, una especie de lengua perfecta originaria que sería la única existente, de no haberse producido el castigo de la Torre de Babel. Esta fue la lengua de Adán y de todos sus descendientes, entre ellos los hijos de Heber, de cuya habla procede el hebreo. Por tanto, el hebreo es la lengua originaria de la Humanidad.

En el siguiente capítulo se estudia el origen de la diversidad lingüística. La interpretación que se da de la confusión babélica de las lenguas hace referencia al mecanismo sociolingüístico a través del cual, dentro de una comunidad lingüística, los miembros de determinados grupos tienden a desarrollar formas lingüísticas propias en muchas ocasiones incomprensibles para quienes no pertenecen a esos grupos: de este modo la jerga jurídica o médica puede resultar difícilmente comprensible para quienes no pertenecen a esos grupos profesionales.

VII. El origen de la diversidad lingüística

  1. Se hace referencia al episodio de la confusión de lenguas de la Torre de Babel.
  2. Se interpreta que la confusión de lenguas afectó al conjunto de los miembros de diferentes oficios, de modo que los que transportaban piedras empezaron a hablar de forma diferente de los que tallaban piedras. De esta forma, la diversidad de idiomas se relaciona directamente con la diversidad de oficios.

Dante fue capaz de hacer una formulación rudimentaria, pero acertada, del método histórico-comparativo para la clasificación genética de las lenguas.

VIII. Las familias lingüísticas

  1. Se habla de la dispersión geográfica de los pueblos por Europa, que se corresponde con tres divisiones fundamentales: una septentrional, otra meridional y otra eurasiática, a la que pertenecen los griegos.
  2. Reconoce que varios conjuntos de lenguas proceden de una única lengua más antigua y agrupa esos conjuntos de acuerdo con su manera de decir sí. De esta manera reconoce los idiomas germánicos y romances y percibe la diferencia entre las variedades septentrional y meridional (occitano) del romance vulgar de Francia.

IX. El cambio lingüístico y la lengua escrita

  1. Se parte del descubrimiento hecho en el capítulo anterior según el cual se pueden formar grupos de lenguas de acuerdo con un criterio genético.
  2. Observa Dante la variación dialectal en Italia y llega a la conclusión de que las lenguas naturales son por su esencia variables y cambiantes. Los dos factores que determinan esta mutabilidad son el espacio y el tiempo
  3. Se observa que el cambio lingüístico en la línea del tiempo se da de forma gradual e imperceptible para los contemporáneos y que la lengua natural ni es inmutable, ni se puede fijar.
  4. Opina que la gramática es un intento artificial — llevada a cabo por los científicos- de captar una identidad inalterable de la lengua en distintos tiempos y lugares. Esta gramática, como ciencia, es invariable e inmutable y no está sujeta al capricho individual.

X. Las lenguas de Italia

  1. Se vuelve a hablar de la clasificación de las diversas lenguas romances según su forma de decir sí.
  2. Se aplica un método análogo para dar cuenta de la variedad lingüística de Italia. Se enumeran las diversas variedades lingüísticas de Italia y se llega a la conclusión de que en ese país se pueden encontrar hasta mil variedades de la lengua vulgar italiana, si no más.

A partir de este capítulo se examinan las diversas lenguas naturales vulgares de Italia para determinar qué variedad se podría decir que encarna el vulgar ilustre, modelo común de referencia y prestigio de todas las variedades lingüísticas de Italia. La conclusión a la que se llega es que ninguna de esas variedades es el vulgar ilustre que se busca.

XI. La diferente cualidad de las variedades vulgares de Italia

  1. Selecciona el habla de los romanos como la más deforme y luego enumera otras variedades que él considera malsonantes y deja el habla de los sardos fuera de las hablas italianas.

XII. La variedad lingüística más perfecta y prestigiosa.

  1. En esta sección se intenta detectar al habla vulgar italiana más perfecta y digna de respeto. Primero examina el sículo y no ve en esa habla la variedad más perfecta.
  2. Examina el apulo desde ese punto de vista y tampoco la encuentra como variedad más perfecta o prestigiosa.
  3. Como conclusión afirma que ni el sículo ni el apulo son las variedades más hermosas de Italia.

XIII. Las variedades toscana y genovesa.

  1. Considera Dante que la variedad vulgar toscana está muy deformada y no es, por tanto, la lengua que habría que elegir como modelo.
  2. Tiene en cuenta también la variedad genovesa, que está sometida a la misma crítica que la toscana.

XIV. Las variedades romañola y veneciana

  1. En estas secciones Dante analiza, entre otras, la variedad vulgar romañola, que considera afeminada.
  2. Ahora analiza Dante la variedad véneta, a la que encuentra también defectos.
  3. La conclusión es que ni el romañol ni el véneto pueden ser la lengua vulgar ilustre que se busca.

XV. La variedad de Bolonia

  1. Se analiza una variedad reputada de hermosa: la boloñesa. Dante considera que esta fama está bien asentada.
  2. A pesar de lo anterior, Dante considera que tampoco el boloñés es el vulgar ilustre que se intenta encontrar.
  3. Desecha también las variedades de ciertas ciudades situadas en los extremos como Turín, Trento y Alejandría, que considera que no presentan lenguas puras. La conclusión está en que en ninguna de las variedades vulgares se encuentra el italiano ilustre.

Es muy importante la conclusión obtenida en este capítulo décimo quinto del primer libro del tratado de Dante. Esa importancia radica en que el vulgar ilustre, el modelo lingüístico buscado nunca puede ser una lengua natural, dado que un modelo no es más que una construcción cultural intencionada que no se puede obtener de modo espontáneo y libre, sino solo a través de un proceso de elaboración similar al que se lleva a cabo cuando se construye una gramática, en el sentido que le da Dante a esta palabra.

Sin embargo, en el siguiente capítulo se produce el reconocimiento de que en las lenguas vulgares naturales hay rasgos hermosos, aunque ninguna variedad lingüística natural se pueda concebir como hermosa en su totalidad.

XVI. Perfección e imperfección de todos los idiomas

  1. Habla Dante sobre la mensurabilidad de las cosas y la calibración de sus propiedades.
  2. Hay propiedades o elementos que aparecen aquí y allá y que constituyen una entidad modélica, aunque no esté materializada total y perfectamente en ninguna entidad real localizable en el espacio. De modo que Dante considera que se puede concebir una lengua común del Lacio, propia de toda ciudad italiana pero que no se realiza completamente en la lengua vulgar de ninguna y que sirve de modelo a las demás variedades de Italia.

El hecho de que Dante no encuentre la lengua común modélica en ninguna variedad concreta, no quiere decir que no se vean en al menos algunas variedades rasgos de esa lengua modélica. Esto da pie a otro de los elementos fundamentales del pensamiento lingüístico de Dante que determina uno de los enfoques del presente tratado: las lenguas comunes modélicas, estándares o literarias, son lenguas artificiales, pero no son totalmente inventadas, sino que se fundamentan o reposan de forma radical en las lenguas vulgares a partir de las que se construyen.

A partir de ahora, Dante va a establecer de dónde le viene el lustre al habla vulgar que ha de convertirse en idioma modélico o vulgar ilustre.

XVII. El vulgar ilustre

  1. Dante explica lo que debe entenderse por vulgar ilustre: el vulgar queda ilustrado cuando se asocia con el magisterio y con el poder y adquiere su lustre por el honor y la celebridad de quienes lo utilizan.
  2. En efecto, el magisterio de los grandes creadores literarios, junto con su poder retórico y prestigio, dan lustre a ese vulgar que ellos elaboran y usan.

XVIII. El vulgar ilustre como modelo

  1. El vulgar ilustre es cardinal, porque en torno a él se sitúan las hablas vulgares de las que constituye modelo de excelencia.
  2. El vulgar ilustre es áulico. Es decir, se asocia con los centros de poder, con el palacio y la corte.
  3. El vulgar ilustre es curial. Es decir, es la lengua de la administración, la lengua en la que se redactan las normas y las reglas de la comunidad.

En este capítulo establece Dante claramente las bases sociolingüísticas de la lengua modelo, la lengua de prestigio. Es la lengua literaria y la asociada al poder político y administrativo. Se ve, entonces, que estamos ante un fenómeno cultural y sociopolítico y no estrictamente lingüístico.

XIX. El italiano

  1. La lengua vulgar ilustre cuyo método de elaboración se va a precisar en el libro segundo la denomina Dante italiano común, como lengua literaria, excelsa, modélica y, por tanto, ilustre.
  2. A continuación anuncia el contenido del segundo y sucesivos libros de su tratado, que versan sobre todo lo relacionado con el vulgar ilustre en sus diversas manifestaciones literarias.

Aquí reconoce Dante que la lengua ilustre se asocia con el prestigio social y con el poder.

La distinción entre lenguas naturales y lenguas cultivadas que se utiliza en el presente tratado fue propuesta y desarrollada, como acabamos de ver, hace más de setecientos años por Dante en su De vulgari eloquentia. En este libro inacabado y auténticamente revolucionario para su época, junto con los consabidos prejuicios religiosos y culturales típicos de su tiempo, el autor expresa unas ideas excepcionales para su tiempo y, aunque parezca mentira, también para nuestra época. Se trata, en primer lugar, de distinguir las lenguas naturales que se aprenden espontáneamente en la infancia, las lenguas vulgares, y las lenguas que se enseñan en la escuela a través de medios escritos y de reconocer la naturalidad de las primeras frente a la artificialidad de las segundas.

“El De vulgari eloquentia define el vulgar como la lengua que los niños aprenden a usar cuando empiezan a articular los sonidos, que reciben imitando a la nodriza, sin necesidad de ninguna regla, y lo opone a una locutio secundaria que los romanos llamaron gramática, y que es una lengua regida por reglas que se aprenden con un profundo estudio y cuyo habitus se adquiere.” (Eco 1994: 41)

Eco nos advierte de que por gramática Dante no entiende lo que la lingüística moderna conceptúa como competencia gramatical de la lengua natural, sino más bien esos tratados gramaticales escritos nacidos de la actividad preceptiva de los gramáticos:

“Pero Dante, cuando habla de gramática, se refiere aún al latín escolástico, la única lengua cuya gramática se enseñaba en aquella época en las escuelas, idioma artificial, «perpetuo e incorruptible», lengua internacional de la Iglesia y de las universidades, anquilosada en un sistema de reglas establecidas por gramáticos que (como Servio entre los siglos IV y V, o Prisciano entre los siglos V y VI) legislaban cuando el latín ya había dejado de ser lengua viva de Roma.” (Eco 1994: 41)

La segunda idea que se subraya en esta obra de Dante es que esas lenguas artificiales con gramática escrita se sustentan sobre las lenguas naturales usadas espontáneamente en la vida cotidiana y no al revés.

Esta posición es justamente conceptuada como revolucionaria por un investigador:

“Dante distingue, es verdad, tal como venimos diciendo dos lenguas: aquella que todo el mundo recibe de modo natural y la otra denominada gramática puesta en práctica por poca gente. Ahora bien, la revolución doctrinal de Dante es la de haber recordado a los doctos que esta lengua segunda, producida por arte y por tanto «artificial», solo se sustenta sobre el sustrato de la primera. Es precisamente la anterioridad metafísica de este sustrato lo que Dante denomina en primer lugar vulgar. Por consiguiente, se entiende que la lengua gramatical latina, al haber ya dejado de ser una lengua materna en la época de Dante, no puede ser ya más que una lengua muerta, un sol en ocaso al que se opone la aurora de la lengua vulgar y su gramaticalidad tal como será elaborada en el segundo libro del Tratado.” (Dragonetti 1979: 695)

La tercera idea que desarrolla Dante en su tratado es que las lenguas vulgares coloquiales se pueden elaborar de tal manera que adquieran el estatus social elevado que tienen las lenguas tradicionalmente escritas, tales como el griego y el latín. Esta posibilidad era rechazada o puesta en duda en su tiempo, actitud que ha llegado hasta nuestra propia época, en la que hay mucha gente que sigue pensando que las lenguas clásicas (griego, latín, sánscrito, árabe y chino literarios) o las lenguas estándar escritas son idiomas intrínsecamente superiores a la mayoría de las lenguas del mundo, que han carecido o carecen de tradición escrita. Se trata de lo que Dante denomina vulgar ilustre. La mayor parte del tratado del gran poeta florentino está dedicada a detallar los procedimientos formales y de contenido a través de los cuales puede darse lustre a las lenguas vulgares, las lenguas usadas de forma espontánea por la gente corriente. Dante tiene, pues, muy claro que las lenguas vulgares se producen de modo espontáneo porque obedecen a la naturaleza misma del ser humano y que las lenguas cultivadas, las lenguas elevadas o ilustradas se obtienen a partir de las primeras mediante una serie de procesos conscientes y deliberados de ilustración lingüística.

Eco (1994: 42) pone de manifiesto que Dante reconoce de forma explícita lo que modernamente se denomina facultad del lenguaje que se manifiesta en sustancia y forma lingüísticas diferentes:

“Dante tiene clara la noción de facultad del lenguaje: como dice en I, I, 1, existe una facultad de aprender la lengua materna que es natural, y esta facultad es común a todos los pueblos, a pesar de la diversidad de pronunciaciones y palabras. Que esta facultad se manifieste, según Dante, en el uso de los vulgares que él conoce, es obvio; pero no se trata de una lengua específica, sino más bien precisamente de una facultad general común a la especie: «solamente al hombre le es concedido hablar» (I, II, I)” (Eco 1994: 42)

El carácter inmutable de la facultad del lenguaje y el carácter variable y cambiante de las lenguas naturales que la realizan también aparecen claramente enunciados en este tratado de Dante, según Eco:

“Asimismo, Dante tiene claro el concepto de que, mientras que la facultad de lenguaje es permanente e inmutable para todos los miembros de la especie, son históricamente mutables las lenguas naturales, capaces de crecer con el transcurso del tiempo y de enriquecerse independientemente de la voluntad de cada uno de los hablantes.” (Eco 1994: 43)

Una de las cuestiones que aborda Dante en su tratado es la del origen de las lenguas y de la lengua primigenia de la humanidad. Llega un momento en el que dice el autor (I, vi, 4) que Dios, al crear la primera alma, creó también una cierta forma locutionis. La interpretación de esta expresión es difícil y está sometida a una cierta polémica, tal como vamos a ver continuación. Observa Eco (1994: 45) que el propio Dante afirma que forma indica tanto los vocablos que señalan las cosas (léxico) como su construcción (la sintaxis) y como las desinencias (morfología). Sin embargo, Eco nos hace ver que solo habla de forma locutionis cuando se refiere al don divino inicial, ya que cuando se refiere al hebreo utiliza el término lingua e ydioma.

Dante afirma que esta forma locutionis fue la que utilizó Adán y que gracias a ella hablaron todos sus descendientes hasta la construcción de la Torre de Babel. Eco se hace la siguiente pregunta:

“¿Qué sería entonces esta forma lingüística que no es la lengua hebrea ni la facultad general del lenguaje, y que pertenece por don divino a Adán, pero se perdió después de Babel, y que, como veremos, intenta hallar de nuevo Dante con su teoría del vulgar ilustre?” (Eco 1994: 46)

Según Eco, la investigadora Maria Corti (1981) ha encontrado una respuesta a esta pregunta. Propone esta autora que por forma locutionis podría haber entendido Dante unas reglas subyacentes a la formación de todas las lenguas naturales, en consonancia con la propuesta de los universales lingüísticos desarrollada por los gramáticos modistas medievales; concretamente podría Dante haber estado influido por Boecio de Dacia autor de un tratado titulado De modis significandi. Según Corti lo que Dios dio a Adán habrían sido los principios de la gramática universal que sería un principio estructurador tanto del léxico como de la morfosintaxis de la lengua que el propio Adán irá desarrollando paulatinamente. En opinión de Eco, esta forma locutionis podría concebirse como una especie de mecanismo innato que recuerda los principios universales de la teoría generativista chomskyana (Eco 1994: 48). Lo que ocurrió en Babel, según la interpretación de Eco, es que para Dante allí se perdió una forma locutionis perfecta, la única capaz de reflejar la esencia misma de las cosas, que en términos de la gramática medieval de los modistae supondría una identidad entre los modos de ser (modi essendi) y los modos de significar (modi significandi) y cuyo resultado perfecto habría sido el hebreo adánico. Lo que ha sobrevivido serían unas formae locutionis descuidadas e imperfectas. Según Eco la elaboración del vulgar ilustre sería síntoma del empeño por la restauración de esa forma locutionis prebabélica, natural y universal que desarrollo Adán:

“El vulgar ilustre, cuyo máximo ejemplo será su lengua poética, es el medio con el que un poeta moderno sana la herida posbabélica. El segundo libro del De vulgari eloquentia no hay que interpretarlo como un mero tratadito de estilística, sino como el esfuerzo por forjar las condiciones, las reglas, la forma locutionis de la única lengua perfecta concebible: el italiano de la poesía dantesca (Corti 1981:70). De la lengua perfecta este vulgar ilustre tendrá la necesidad (opuesta a la convencionalidad), porque así como la forma locutionis perfecta permitía a Adán hablar con Dios, el vulgar ilustre es el que permite al poeta hacer que las palabras se adecuen a lo que deben expresar, y que no podría expresarse de otra manera.” (Eco 1994: 49)

Pero otros autores han puesto en duda esta interpretación (Pagani 1982, Chiesa 2007). Concretamente, según recoge Chiesa (2007: 133), R. Imbach (1996) aduce que el vocablo forma difícilmente puede denotar en la época de Dante un principio o una causa formal del lenguaje. La forma en cuestión ha de referirse a una estructura determinada. Por consiguiente, no se puede interpretar forma locutionis como una gramática universal en sentido chomskyano, sino como una lengua adánica concreta. Según Chiesa, lo que recibe Adán no es un conjunto de principios universales que generan una lengua sino una lengua completa al mismo tiempo que la capacidad de utilizarla. Según este autor, las conclusiones de M. Tavoni (1987) confirman esta idea. En los primeros capítulos del tratado, Dante utiliza la expresión locutio en el sentido de expresión lingüística, lenguaje, mientras que el término ydioma, que predomina en los capítulos siguientes, denota de forma consistente, no las lenguas propiamente dichas, sino solo las lenguas particulares, las particularidades lingüísticas frente a las lenguas estructuradas. Por consiguiente, la expresión de Dante certa forma locutionis es una forma determinada, particular de lenguaje, es decir un ydioma. De todas formas, las cosas distan de estar totalmente claras:

“En estas condiciones es extremadamente difícil apreciar la forma y el contenido precisos de la forma de lenguaje dado por Dios a Adán: ¿Se trata de una lengua completa lista para su uso, es decir, para su pronunciación, de un modelo o mecanismo innato, de una estructura de universales lingüísticos, de un sistema de reglas gramaticales para aplicar durante el uso efectivo? Ningún criterio permite verdaderamente seleccionar una solución dado que no hay razón alguna para limitar de una u otra manera la creación divina y su intervención milagrosa.” (Chiesa 2007: 135)

En la actualidad, la diversidad lingüística se relaciona con los principios innatos universales de la facultad del lenguaje humano de la siguiente manera. Se recurre al concepto de parámetro; es decir, un aspecto infra-determinado de ciertos principios de la Gramática Universal, que pueden realizarse de dos o más formas según las lenguas.

“La hipótesis del modelo de principios y parámetros plantea que el esquema predeterminado de la facultad del lenguaje contiene, además de principios invariables, un conjunto de parámetros con valores finitos. El valor de un parámetro se fija a partir de la experiencia lingüística individual del adquiriente. Una fijación paramétrica específica entraña un grupo de propiedades, lo que determina y limita la variación lingüística. Por cuanto los valores de los parámetros se fijan sobre la base de la experiencia, éstos son adquiridos por medio de la exposición a los datos lingüísticos. […] El conjunto de los principios universales y el conjunto de parámetros cuyo valor no está establecido aún constituyen el modelo del estado inicial de la facultad del lenguaje (el del recién nacido); los lingüistas se refieren a él en términos de gramática universal.” (Friedemann y Siloni 2010: 227-228).

Desde este punto de vista, podemos ya entender lo que ocurrió en Babel con la confusión de lenguas. Digamos que Dios parametrizó la gramática de la única lengua existente hasta ese momento. La forma locutionis adánica era una lengua que realizaba unos principios no parametrizados de la Gramática Universal, ya que, Adán, en tanto que único hablante, no podría fijar parámetros de acuerdo con los datos lingüísticos de su entorno. La diversidad lingüística surge precisamente cuando hay parámetros o propiedades o características abstractos que se pueden realizar concretamente de diversas maneras. Para ello, Dios tuvo que parametrizar los principios innatos de esa forma locutionis original en el episodio de Babel. Algunos lingüistas contemporáneos creyentes como M. C. Baker (1996: 512-515) han razonado de modo explícito en este sentido respecto de los parámetros lingüísticos. Estos parámetros constituyeron una manera en la que el ser humano, sin perder la facultad del lenguaje que le concedió la divinidad, se vio abocado a hablar diferentes lenguas incomprensibles. De esta forma, las oscuridades e inconsistencias de este relato mítico del origen del lenguaje y de las lenguas quedan iluminadas por la ciencia gramatical contemporánea.

La aportación de Dante ha sido reconocida por los estudiosos de la tradición lingüística europea. Por ejemplo, observa Law (2003: 230-231) que Dante propone dos niveles basados en una situación diglósica típica de su época. El primer nivel está ocupado por una lengua como el latín que se caracteriza por los siguientes rasgos:

  • Está conformado de modo artificial.
  • Está regulado por normas gramaticales.
  • Es aprendido a través del estudio.
  • No cambia a través del tiempo y del espacio.

El segundo nivel, el de la lengua vulgar vernácula, se caracteriza de la siguiente manera:

  • Está dada de modo natural.
  • Carece de reglas normativas.
  • Se aprende en casa y en la calle de modo espontáneo.
  • Está sujeta a fluctuaciones y vaivenes constantes.

En la historia general de la lingüística, el libro de Dante ocupa un lugar prominente. H. Arens dedica al libro de Dante ocho páginas de su antología de textos de la historia de la lingüística (Arens 1975: 82-89). Sobre la obra De vulgari eloquentia dice este autor:

“Obra que no solo merece nuestra atención porque procede del espíritu creador más grande, juntamente con Tomás de Aquino, de la Edad Media europea, sino también porque revela, en el estudio de la lengua, puntos de vista enteramente nuevos, aunque se propone como tarea central exponer la doctrina en boga.” (Arens 1975: 83)
Primero selecciona Arens el pasaje que conocemos acerca de la nobleza de la lengua vulgar y el artificio de la lengua latina. Después el pasaje, que también conocemos, en el que habla de la doble naturaleza material y mental del signo lingüístico. A continuación selecciona un texto sobre la lengua primigenia, la lengua de Adán, en consonancia con las especulaciones típicas de la época. Arens considera que la parte más importante del tratado de Dante lo conforman las secciones VIII-X en donde habla de la expansión de las lenguas desde Oriente y su distribución por Europa. En estas páginas, Arens destaca los siguientes rasgos notables del razonamiento de Dante:

  • la revelación de un desarrollo histórico de las lenguas
  • la visión global de la diversidad lingüística
  • la distinción de las semejanzas lingüísticas
  • la constatación de la enorme diversidad de las lenguas individuales

En los pasajes relevantes Dante nos hace una exposición de cómo las lenguas se van diversificando históricamente y de cómo muchas lenguas están emparentadas desde un punto de vista genético, aportando como prueba la afinidad de ciertos vocablos. En muchos aspectos, la exposición de Dante se adelanta de forma notable a los desarrollos de la lingüística histórico-comparativa del siglo XIX e incluso anticipa buena parte de la visión de las lenguas como conjuntos de competencias lingüísticas, que hemos utilizado en el presente tratado. Por último, Arens llama la atención sobre los capítulos XI-XV de la obra en donde se establecen las condiciones que han de hacer ilustre la lengua vulgar.

En su breve historia de la lingüística, R. H. Robins (2000) dedica dos pasajes a Dante y su tratado. En el primero (Robins 2000: 151), afirma que este tratado inaugura el estudio de las lenguas neolatinas y en el segundo (Robins 2000: 233-234), que este ensayo de Dante inaugura los estudios sobre las relaciones históricas de grupos lingüísticos concretos y dice lo siguiente:

“Esta misma obra contiene una descripción de la génesis de las diferencias dialectales y de aquí de diferentes lenguas a partir de una única lengua de origen como resultado del transcurso del tiempo y de la dispersión geográfica de los hablantes.” (Robins 2000: 233)
Observa Robins que nuestro autor reconoció tres familias lingüísticas: el germánico, el latín y el griego y utilizó determinados elementos léxicos para mostrar la relación genética. También hace referencia a las especulaciones sobre la lengua primigenia.
El tratado de Dante tuvo, además, una influencia directa muy grande cuando fue publicado, en el siglo XVI. En efecto, la publicación del tratado de Dante en 1529 desencadenó una reacción en cadena que empezó hacia 1540 con publicaciones como las siguientes (Burke 2006: 78):

1529 Dante, De vulgari eloquentia

1540 J. de Barros, Louvor de nossa linguagem

1542 S. Speroni, Dialogo della lingua

1549 J. Du Bellay, Deffense et illustration de la langue française

1574 M. Viziana, Alabanças de las lenguas… castellana y valenciana.

1579 H. Estienne, Precellence de la langue française

1586 S. Stevin, Weerdigheyt der duytsche tael

1589 J. Rubinski, De lingua polonica praestantia et utilitate

1615 R. Carew, On the Excellency of the English Tongue

1617, M. Opitz, De contemptu linguae teutonicae

1642, J. Rist, Rettung der edlen Teutschen

1663, J. G. Schottel, Lob der Teutschen Haubtsprache

Como afirma Burke:

“El tema principal de todos estos discursos y tratados era destacar la riqueza y abundancia de una lengua frente a la pobreza de sus rivales.” (Burke 2006: 79)

Es evidente que estamos en una época en la que estaban por decidirse qué lenguas o variedades lingüísticas se iban a asociar con los estados modernos que iban surgiendo por aquellos siglos.

Algunas de estas ideas de Dante contrastan y se contraponen con otras, predominantes en nuestra sociedad actual de forma explícita o solo implícita, según las cuales la lengua vulgar no viene a ser otra cosa que una degeneración o realización imperfecta o fragmentaria de las lenguas ilustradas o cultivadas, de las lenguas literarias escritas o de las lenguas estándar de las sociedades industrializadas.

Ello hace que el tratado de Dante siga siendo revolucionario en algunos de sus aspectos y que haya de reconocerse como uno de los libros más importantes de lingüística de todos los tiempos. El presente tratado ha surgido como un intento de poner los instrumentos conceptuales más avanzados de la lingüística actual al servicio de algunas de las ideas fundamentales del excelso poeta.

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